“Mi histórica disputa por un mango Corazón”


En el patio de mi centro de trabajo hay varios árboles frutales. Tenemos marañón, guayaba, naranja, mango; pero ninguna de esas matas de mango es de Bizcochuelo, Toledo o Corazón, que son los que más me gustan… desde las cáscaras hasta la semilla.

De hecho, estoy intentando hacer germinar tres semillas de la variedad Corazón para, una vez logradas las posturas, sembrarlas en nuestro patio laboral.

La buena noticia es que en las viviendas ubicadas frente a mi emisora hay varias matas de mango y… sí, efectivamente, hay una de mango Corazón.

Hace solo unos días, sentado yo en la misma entrada, diviso en la copa del árbol una fruta bien madura, que se balanceaba y casi anunciaba su inminente goteo.

En el suelo, una gallina y sus pollitos degustaban lo que quedaba a una semilla, mientras un joven gallo daba vueltas a lo que la madre avícola no ofrecía chance: cuando él intentaba acercarse a picar el fruto, ella con un grito y una carrera amenazadora le dejaba claro para quiénes era aquella exquisitez tropical.

Desde un portal cercano un perro interrumpía su siesta con el ruido de los vehículos al pasar, el piar de los pollitos o el cantar del gallito que en su trova exponía sus dotes de rey en aquel patio.

Si mi mirada moviera el follaje… Yo, casi soplaba para que el mango viniera abajo y luego vencer los escasos quince o veinte metros que me separaban del árbol divino. Aunque tenía cierta desventaja: el pollo estaba justamente ahí, donde debía caer el fruto. Podía picar “mi mango” en cuanto cayera y echar a perder los planes nutritivos.

De pronto, hizo una brisa, el perro volvió a levantar la cabeza y se puso de pie, la gallina se despeinó y sus pollitos se acurrucaron en busca de refugio debajo de ella, el joven gallo cantó, yo me puse en alerta, la mata se estremeció… y se desprendió la fruta paradisiaca.

Me pareció una eternidad el vuelo de descenso de la fruta desde la copa hasta el suelo. Y pensar que había más frutas y solo caer una, ¡exclusivamente solo una!

Éramos dos por uno: el insignificante gallo cantón o yo… Me animé a pensar: Va, con solo soplar “Shhhhhhh” o vociferar un “Sió”, el pollo se asustaría, alzaría el vuelo en su carrera de huída y quedaría todo el mango a mi merced, para mi solito, listo para consumírmelo.

Me puse de pie, la gallina echó a correr con sus crías y se perdió tras una cerca. El gallo y yo estáticos en espera del desenlace final de aquella disputa y el perro recreando su vista desde el portal cercano.

El mango venía a toda la velocidad que su jugoso peso le permitía, aunque una fuerza de gravedad adicional le ayudaba en su eterno descenso: eran miradas humanas y avícolas que se perdían en su masa detrás de la matizada cáscara, en su maná paradisíaco, en su mágica pulpa, en una semilla que sería lamida sin clemencia hasta la saciedad.

Finalmente, el impacto glorioso, el salto olímpico de la fruta, la rodada memorable de uno… dos… tres metros. El gallo sale de su letargo, yo me disparo rumbo a mi fruta. El ave se acerca, yo venzo la calle y ya voy por la acera, percibo que casi el bravucón del patio se lleva mi manjar.

Cuando estamos casi oliendo el mango una fuerza sobrenatural con cuerpo de alud pasó entre nosotros. Era un tsunami devastador de mangos. Un huracán categoría cinco era un niño de tetas comparado con aquel vendaval. Una avalancha se vería mínima ante esa mole que arrasaba con todo a su paso.

El gallo giró en U, abrió sus alas y cacareando echó a correr. Yo di un salto y enmudecí como instinto de conservación, para que pasara aquel bólido que se llevó mi fruta.

El “mejor amigo del hombre” que minutos antes dormía plácidamente en un portal, ahora convertido en exhalación canina, volaba para ponerse a salvo más allá de mi alcance.

Tras poner pie en polvorosa, a los pocos metros se detuvo a degustar “mi” mango. Después de varias mordidas y lengüetazos, se detuvo en su faena alimenticia y me miró intensamente. Yo, confundido y con una sonrisa de mil lecturas, casi logré deducir la profundidad de aquel mensaje perruno: “Sí, era mío. Ni tuyo, ni del gallo.”

Menos mal que la doctora Magdalena, a la postre dueña de la mata y de los mangos de marras, y sin haber presenciado aquella disputa frutal entre el orondo gallo, este hombre perdedor y el perro triunfador, salió al jardín.

Todo parece indicar que vio mis ojos casi anegados, que mordía mi labio inferior que ya iba camino a bembita o que sobraban las intenciones de echarme al piso a dar pataletas como todo un niño fracasado. La saludé compungido mientras mi mirada se perdía en el follaje detrás de nuevas frutas.

“Yamil, ¿qué tal? Ayúdame a tumbar unos mangos, por favor”. La mágica solicitud de mi vecina laboral me devolvió el alma al cuerpo. Mientras me hacía de una vara, miré de reojo al can que, a unos metros y concentrado en hincar sus dientes en la jugosa masa de la fruta discordada, ya ni caso me hacía: saboreaba, tragaba, relamía, limpiaba con su lengua los restos alrededor de sus fauces.

Tras la faena, salí de aquella “batalla” con el trofeo de cuatro sabrosos mangos Corazón. Al cruzar la calle, desde los escalones de entrada giré y divisé a la gallina regresar en busca nuevos alimentos. El joven gallo, no había cantado más y con la cabeza en alto demostraba frustración aún desde una distancia prudencial.

El perro regresó a su portal, dio varias vueltas y se echó a dormir nuevamente, quizás en espera de una nueva brisa o de otra oportunidad para demostrar a cualquier ave frugívora o a otro “comemangos” confundido, quién es el más rápido del vecindario.

Luego supe que el can en cuestión es hembra, se llama Negrita y justamente, pertenece a la doctora Magdalena. También disfruté al ver que no fui la única víctima: de vez en vez, Negrita demuestra su agilidad para desafiar aves y curiosos en plena beligerancia por una fruta.

Yo, por si acaso, reviso todos los días las bolsitas de nylon donde tengo mis semillas de mango Corazón. Ya veremos, a la vuelta de los años, quién es el vencedor.


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