¡Mi padre peleó en Girón!


Girón está en los libros de historia de Cuba y también en el libro de la historia de mi familia. Mi padre estuvo allí con 17 años defendiendo la Revolución que lo sacó de un estudio de fotografía donde era «mozo de limpieza» y le cambió la vida para siempre.

Llevaba casi tres meses castigado en Pinar del Río sembrando eucaliptos en calzoncillos y con el fango a la rodilla en los días previos al ataque. La tropa a la que pertenecía había sido enviada por Fidel hacia ese lugar por indisciplina. Personalmente los había «atrapado» cuando, en medio de una estadía en el Hotel Nacional previo a salir del país para formarse como militares en la URSS, estaban en «recholata» con unas jóvenes alojadas en el mismo hotel y que se formaban como enfermeras. La invasión lo sacó del castigo y lo mandó de cara a la guerra.

De niño, con el normal afán de ver a nuestros padres como héroes modélicos, le pregunté varias veces si lo habían herido en combate. Supongo que buscaba yo motivos adicionales para sentirme orgulloso. ¡Combatiente de Girón y herido encima! Él me respondió una vez que sí, que se había cortado el deo gordo de la mano derecha con el disparador del cañón. Recuerdo que busqué una herida en su mano como premio de consuelo y no la encontré. Seguramente me dijo eso para que no lo siguiera jodiendo con lo mismo.

Pero su cuento es más humano y real que el que yo quería escuchar de chama lleno de épica romántica. Los disparos; los cañonazos; el vecino de su barrio que murió en combate; la aviación enemiga; Fidel que los mandó pal carajo cuando salieron de sus puestos a vitorearlo y el temblor en todo el cuerpo mientras disparaban sin parar con su pieza de artillería.

Pero lo que más me conmovió ya de adulto de su experiencia en Girón fue un episodio después de terminado el combate. Su padre, mi abuelo que nunca conocí, salió desde La Habana en su pequeña moto a buscarlo, para saber si su hijo estaba vivo o muerto. Me lo imagino montado en una «causi moto» por la Carretera Central hasta llegar literalmente a una zona de guerra con lo que esta implica: Cadáveres; prisioneros; tropas; armamentos, dolor; derrotados y victoriosos. Seguramente aquella búsqueda fue difícil. ¿Cómo encontrar a un joven artillero en medio de aquella locura? ¿Cómo imponerse al miedo de recibir una noticia dolorosa? Mi padre, al que siempre le pido que escriba la historia de su vida y me ignora, nunca me ha contado cómo fue ese instante cuando su viejo lo encontró. Pero no me importa porque debe haber sido uno de los momentos más emocionantes de su vida y de la de mi abuelo, que cuando un par de años atrás la Revolución convocó a los jóvenes a volverse artilleros le dijo que había que cumplir.

Cada año, cuando llega abril, imagino ese instante del rencuentro en mi mente aunque no tenga los detalles. En él, mi abuelo lo abraza fuerte lleno de orgullo y aliviado de verlo vivo. Mi padre feliz, grande e invencible. A 60 años de este episodio de la vida de Cuba y mi familia, hoy lo abrazo yo con el mismo orgullo y fuerza con que su padre lo hizo. Si alguien que me lee piensa que me quiero dar autobombo está en lo correcto. Tengo una gran razón para permitirme esa pequeña falta: ¡Mi padre peleó en Girón!

(Tomado de la página de Facebook del autor)


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