Tengo lo que tenía que tener


Me levanto, miro el almanaque que me indica 20 de octubre y me pregunto: ¿Qué hago yo en este país pobre en recursos materiales, sin petróleo como Kuwait, ni yacimientos de oro en sus montañas; donde mi hijo no puede tener el último modelo de un Ferrari, ni puedo darle a mi esposa una casa con 10 cuartos, tres plantas, garaje y piscina; y que mi salario no me alcanza para andar de gira en un yate o Crucero por Río de Janeiro o por las tranquilas aguas de Venecia? ¿Qué hago yo en este país? Entonces, aparece la respuesta cuando miro a una nación agradecida porque la luz de un enero de victoria transformó, para siempre, la historia de un ayer en que las mujeres andaban con el estómago vacío, los hombres con las manos ociosas y lo peor: los niños con las mentes embrutecidas. Encuentro respuestas en el rostro feliz de mi familia que sabe que llevar el pan a la mesa es el fruto de muchos esfuerzos; en la risa de mi hijo cuando viste su impecable uniforme escolar y repite con orgullo: ¡Seremos como el Che !; cuando salgo a la calle y veo a la juventud cubana con la adarga al brazo disparando verdades con el cañón de futuro; cuando observo al campesino preñando la tierra para que germine la semilla de la vida o al mirar al obrero que no tiene que inclinar la cabeza ante nadie para llevar el salario a casa o la vida sin manchas de muchas jóvenes que no conocen de prostitución, ni de drogas. Y no me queda la menor duda de qué hago en este país, al saber que felizmente las escuelas enseñan amor y decencia, que se cultivan rosas blancas para que blancas batas salven vidas o zurzan corazones rotos por el luto o el dolor en otras naciones sin importar el lugar o sacrificio. ¿Qué hago yo en este país? Yo, defiendo mis verdades para amordazar la lengua de quienes un día se dejaron llevar por los cantos de sirena y luego hicieron el vuelo de las golondrinas; o de esos que un día se llamaron “buenos” y renunciaron al pedazo de tierra que los vio crecer y hoy son “gente sin zona”. Yo, contigo, con él, con ella, con todos miro, con los ojos abiertos de Abel Santamaría, la historia de esta nación y saco fuerzas y razones para escribir lemas y canciones; para entonar himnos y levantar banderas. Y soy un hombre feliz, y también quiero que perdonen, los muertos, por mi felicidad, por la sencilla razón de que aquí, tengo, lo que tenía que tener.


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