«Murió el Profe, de Magueyal»


Esa fue la frase de una de sus alumnas y gruesas lágrimas dibujaron el piso. Y el mármol confundiese con el mar de tantos ojos y corazones donando sus aguas que brotaron sin remedios.

Gritos desgarradores de su eterno amor: Omaida la Grande. Desde que Dios envió el primer mensaje de muerte, ella se aferró al amor que los unía y entonces hubo un sólo cuerpo.

Llevaba y lleva el dolor prendido en cada gesto porque, como dice y repite,» él es su hombre». Y lo llora, lo mira y sólo pide llorarlo una y otra vez más.

Los Profes y sus alumnos alrededor del fetreo se debaten un lugar para expresarle cuánto lo aman. Mientras allí, en una esquinita de la funeraria, curiosamente un pajarito entona una bella canción como si quisiera adornarle el alma en su último nido.

Y observo cómo, misteriosamente entre una multitud de personas que han venido a regalarle un último adiós, hay una silla azul que nadie toca, como si fuera la otra silla que nadie podrá ocupar allá en la ESBEC de Magueyal cuando impartía clases de Física o daba a todos bonitas lecciones de amor. Paz en la gloria:  Radamendy Hernández Zayas.


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