La pesadilla de un pueblo


Aeropuerto de Barbados. El almanaque indica el 6 de octubre de 1976. Día lindo. La alegría de un grupo de jóvenes cubanos, integrantes del equipo juvenil de esgrima, lleva en el pecho con orgullo la medalla de oro conquistada en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de la disciplina.

La tripulación realiza los últimos detalles y la nave despega. Espontáneamente todos aplauden el éxito de la maniobra. El reloj marca las 11 de la mañana.  Abajo el mar azul en calma. Arriba coqueteando con las nubes un cielo también azul.

En el interior del avión se hacen bromas, chistes, planes, intercambian números de teléfonos. Una joven piensa cómo decirles a sus padres que tiene novio. Una pareja de enamorados no imagina que sus padres le han preparado la sorpresa de una boda para el mismo día que lleguen. Un cake grande lleva el nombre de los dos en medio de una bandera cubana. En silencio una chica aprieta sobre su vientre un muñeco de peluche porque ha descubierto que está embarazada.

En La Habana varias familias esperan el regreso de sus seres queridos. Un hombre clava su mirada en el horizonte en busca de su única niña. No sabe por qué, pero un dolor fuerte le aprisiona el pecho. Presagia un final trágico y dos gruesas lágrimas dibujan el piso.

Ni los padres ni los jóvenes, ni la tripulación imaginan que manos asesinas, escudadas en la sombra del silencio y la maldad han puesto en el avión DOS BOMBAS para llenar  de luto y dolor a millones de cubanos. El autor: Luis Posada Carriles.  

Son las 12:23 del día. De pronto una explosión. Gritos, miedos, terror, gemidos, una voz: Felo, Pégate al agua. Pégate al agua”. Y otra explosión mayor…Entonces, silencio total.

En minutos ya ni el cielo ni el mar son azules. Un ave lanza un grito de muerte. El paisaje es desolador. Las aguas se tiñen de rojo y un fuerte olor a cuerpos calcinados por el fuego invade el lugar. Sobre el mar cuerpos incompletos, mientras el muñeco de peluche retoza con una ropita de canastilla que, tal vez, vestiría a un bebé.

La noticia llega pronto. No hay sobrevivientes. Sin embargo, aquel papá del aeropuerto repite por semanas: No, no, mi hija no ha muerto.  Y pasa días y días en espera de ver a su hijita bajar de uno de aquellos aviones. Una empleada del aeropuerto le aconseja: Señor, vaya para su casa, puede enfermar de los nervios”. Y la respuesta fue dicho con un dolor inaudito: Ojalá, me enfermera, así borraría de mi mente esta terrible pesadilla”.


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