La imposibilidad de doblegar a Cuba o el fusilamiento de un patriota


La Habana, 17 ago (Prensa Latina) Tal vez la ira por la imposibilidad de doblegar a Cuba llevó al régimen colonial español a decretar el fusilamiento hace hoy 150 años del patriota Pedro Figueredo, Perucho.
Enfermo y con sus pies llenos de llagas sangrantes, el autor del Himno Nacional fue conducido en un asno hasta el patíbulo en la mañana del 17 de agosto de 1870, casi dos años después del comienzo de la insurrección que protagonizó Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.

Pero, ¿quién era Perucho Figueredo?

Abogado de profesión, bayamés y dueño de un ingenio (fábrica) azucarero -como Céspedes- Perucho Figueredo fue una de las figuras más influyentes de la oriental ciudad de Bayamo, una de las que más hombres y sacrificio aportaron a la causa insurrecta en la Guerra de los Diez Años (1868-1878).

Desde niños, a Perucho lo imaginamos montado sobre su caballo escribiendo la letra de La Bayamesa, convertida después en el Himno Nacional de Cuba.

Es poco probable que en realidad haya ocurrido así, pues melodía y letra encajan casi perfectamente, lo cual hizo que numerosos músicos pensaran que ambas surgieron al unísono.

La música despertó las sospechas del gobernador español de la plaza, el coronel Julián Udaeta, quien una vez concluido su estreno interrogó al músico y este, advertido por Perucho, se declaró como un simple ejecutante y lo remitió al autor.

El historiador José Maceo Verdecia, en su libro Bayamo, contó que Figueredo completó el diálogo con el militar así: ‘Tengo entendido que nada sabe usted de música. ¿De qué se vale entonces para decir que es ese un himno patriótico?’.

La pieza tuvo su estreno el 11 de junio de 1868, aunque fue compuesta en agosto de 1867 por encargo del Comité Revolucionario de la localidad (en el que se agrupaban los conspiradores contra el poder colonialista).

Ese jueves era día de Corpus Christi, una celebración del calendario litúrgico en la que habitualmente participaban el Ayuntamiento en pleno, el Ejército y el pueblo, que desbordaba la Parroquial Mayor.

Poco antes de la procesión con que terminó la festividad, sonó La Bayamesa por primera vez en público.

Menos conocido es que Figueredo ostentaba los grados de teniente general (brigadier) y era en 1870 jefe de Estado Mayor General del Ejército Libertador. Por ende, uno de los más buscados por los colonialistas españoles.

La prensa colonialista de la época aseveró que el revolucionario fue capturado en un bohío cerca de la ciudad de Santiago de Cuba. Se encontraba enfermo con la ropa desgastada y en deplorable estado higiénico.

Sin embargo, reconoció en el prisionero facciones distinguidas, frente elevada y ancha, nariz aguileña, mirada penetrante e inteligente, y elevada estatura.

Ante la imposibilidad de caminar hacia el lugar del fusilamiento, Figueredo pidió un coche, pero el jefe español que lo conducía consideró tal petición demasiado honrosa para un mambí (un término despectivo que se convirtió en orgullo para los combatientes casi desde el comienzo de la contienda).

No será el primer redentor que cabalga sobre un asno (el animal que le trajeron para trasladarlo), respondió Figueredo, de acuerdo con la versión del periódico independentista El Demócrata, que se publicaba en Nueva York, y que se basó en los escritos de la prensa española en Cuba.

Al final de su vida, Perucho Figueredo era un hombre muy enfermo al que un poquito de humanidad de sus captores le hubiera evitado el cadalso.

Pero era muy culpable por escribir aquel himno: Al combate corred, bayameses,/que la patria os contempla orgullosa./No temáis una muerte gloriosa,/que morir por la patria es vivir…


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