La carta inconclusa y el desenlace fatal


Por: Idalberto Aguilar Macias
…observa a Martí y le ordena retirarse, que ese no es su lugar, le dice. No hay dudas de la intención de protección que tuvo la orden de Gómez. Martí era una figura demasiado importante para exponerla al fuego.
En medio de la tensión del combate, ¿cuál sería el tono que utilizaría para decirle a Martí que ese no era su lugar? ¿Cuántas personas lo escucharían? ¿Qué pensarían aquellos campesinos que no lo conocían y que una hora antes habían escuchado su discurso inflamado, si ahora veían a Martí aguardar en la retaguardia? «Tengo la vida a un lado de la mesa, y la muerte a otro, y a mi pueblo a las espaldas», le había escrito tres meses antes a María Mantilla.
«Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895
Señor Manuel Mercado
“Mi hermano queridísimo: ya puedo escribir: ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero…..; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber- puesto que lo entiendo y tengo fuerzas con qué realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.
“Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin………”
Martí en su carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, no deja duda de su marcado carácter antiimperialista, y del peligro que significa el coloso del Norte para los países de la región..
Al siguiente día el desenlace fatal.
Nadie pudo dejar testimonio claro de cómo se precipitaron los acontecimientos. Dos hombres habrían podido esclarecerlo: su único acompañante, el joven Ángel de la Guardia, murió antes de concluir la guerra y solo dejó versiones orales que llegan a nosotros en tercera o cuarta vuelta del rumoreo. El coronel Francisco Blanco, resultó herido muy cerca del Maestro, pero la herida le causó tétanos y murió pocos días después.
La columna española que combatió en Dos Ríos estaba integrada por 800 soldados al mando del coronel Ximénez de Sandoval. Salió de Palma Soriano el 17 de mayo de 1895 para abastecer un fortín situado en Ventas de Casanova. Cumplida esa misión debía regresar a Palma, pero en la noche del 18 conoce de una fuerza cubana que se encontraba en Dos Ríos, con Máximo Gómez, Paquito Borrero, Masó y Martí. Esto torció el rumbo de la historia. Sandoval decidió variar el destino.
Terreno llano, pero no despejado. Enmarañado, lo recuerdan los testimonios cubanos. Hablan de un sao. Al atravesar esta finca, la vanguardia española sostuvo disparos con la exploración cubana que vigilaba el acceso. Los cubanos se retiran e informar de la presencia del enemigo. Eran las 11:45 de la mañana y los españoles habían andado 17 kilómetros desde el amanecer, el coronel Sandoval decidió que almorzaran y descansaran.
Cuando llegó la noticia de la presencia enemiga en Dos Ríos, sin mediar otra precaución, Máximo Gómez, ordena salir en busca de la columna. En un análisis tan serio no se puede obviar los elementos psicológicos ni el tono emocional en que tienen lugar los hechos. Reinaba un exaltado patriotismo. Primero, los conducía Máximo Gómez, una leyenda de la guerra. Segundo, minutos antes, habían escuchado el último discurso de Martí. Atrapados aún por el resplandor de aquel verbo salieron.
El combate
Por el camino, las filas de la tropa cubana se fueron estirando. Cuando la vanguardia, al mando de Amador Guerra, llegó al Paso de Santa Úrsula, el guía dice que el río está muy crecido. Guerra ordena continuar más al sur buscando otro paso. Detrás llega Gómez y no le hace caso al guía y fuerza el cruce por allí mismo, pero se hacen lenta la maniobra. La columna se alargó aun más. La fuerza cubana había perdido su vanguardia, y el centro —donde marchaba Gómez— La retaguardia arribaba poco a poco y algunos nunca llegaron a cruzar el río. Una cifra imprecisa, que se calcula en menos de la mitad, fueron los que pasaron el Contramaestre. Pero arremolinados, avanzan con entusiasmo delirante.
No obstante logran abatir la avanzadilla española que vigilaba el portón de la finca. Estimulado por el primer choque, Gómez continuó la carga. Pero las unidades españolas se movilizaron de inmediato y los recibieron con descargas cerradas. Los soldados tiraban de pie o rodilla en tierra, con mejores posibilidades para tomar puntería. La velocidad de la caballería cubana hubiera podido equilibrar la balanza, pero el terreno —lleno de matorrales y árboles— no era favorable para las cargas de caballería.
–Se intensifica los combates por diferentes flancos, preferente el derecho, pero los centinelas españoles gozan de mayor protección por la vegetación de la orilla escarpada. Hubo un fuego nutrido, pero por más que lo intentaron, los cubanos tampoco lograron forzar las líneas por esa dirección.
La orden que Martí no podía obedecer
Cuando Gómez fue rechazado, se dispuso a ordenar una nueva carga y con ese propósito distribuyó a los hombres. Paquito Borrero atacaría por la derecha, él intentaría romper las filas enemigas por la izquierda. Se supone que entonces ve a Martí y le ordena retirarse, que ese no es su lugar, le dice.
No hay dudas de la intención de protección que tuvo la orden de Gómez. Martí era una figura demasiado importante para exponerla al fuego. Pero Martí era el jefe superior de la revolución. Gómez nunca se distinguió por el tacto de las palabras ni los tonos. En medio de la tensión del combate, con una tropa que no conoce, cuando su primer ataque había fracasado, ¿cuál sería el tono que utilizaría para decirle a Martí que ese no era su lugar? ¿Cuántas personas lo escucharían? ¿Qué pensarían aquellos campesinos que no lo conocían y que una hora antes habían escuchado su discurso inflamado, si ahora veían a Martí aguardar en la retaguardia? «Tengo la vida a un lado de la mesa, y la muerte a otro, y a mi pueblo a las espaldas», le había escrito tres meses antes a María Mantilla.
Muchas veces intentaron descalificarlo por no tener experiencia guerrera. Sentía también la presión de quienes querían alejarlo del centro de decisiones. El concepto del decoro de Martí como dirigente no le dejaba otra opción. Él mismo lo reiteró en muchas ocasiones: «Un pueblo se deja servir, sin cierto desdén y despego, de quien predicó la necesidad de morir y no empezó por poner en riesgo su vida».
La muerte
Todo sucedió en muy pocos segundos. Recibió tres disparos que le hicieron desde otras tantas direcciones. Por el frente, por la derecha y desde su izquierda. Aún se discute si la herida que recibió de frente, pudo ser hecha sobre el caballo, o si, como sostienen otras versiones, el guía cubano de la columna española lo remató cuando, agonizante, Martí se encontraba en tierra.
En los días inmediatos a la muerte de Martí, numerosos periódicos reiteraron la información brindada por soldados españoles de que habían visto a Martí, revólver en mano, moviéndose de un lugar a otro, como alentando a los dispersos mambises. Como publicó el reaccionario Diario de la Marina, el 23 de mayo de 1895: «Martí murió arengando a los suyos, revólver en mano». Esto contribuye a desacreditar contaminantes insinuaciones. Martí no salió a morir, sino a pelear.
Bibliografía
-Archivo personal.
-Diario de Campaña de Gómez y Martí
-Carta a Manuel Mercado
-Juventud Rebelde 2011.

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