Lo que más le gusta a este Chacho es la compañía de Paquito.


Por: Yamil Sánchez Aguilar

Santiago de Cuba, Mayarí Arriba, 21 de may:- En la zona de La Martha, viven Paquito y Chacho, dos amigos montunos que le saben una inmensidad a los secretos del campo. “Ese es como un hijo mío. A veces ha despertado celos en la familia; pero na’, todo el mundo aquí lo quiere y lo cuida.”

Es en el Consejo Popular de Soledad de Mayarí Arriba, donde un buen día de 2007 nació la amistad entre esta cotorra y Juan Carlos Ayala, un chofer al que todos en esta zona conocen como Chacho.

“Paquito vuela por todo el barrio, va a otras casas, se aleja por el cafetal, por la guardarraya; pero siempre vuelve. A veces vienen otras bandadas de cotorras y se posan ahí, cerca de la casa y Paquito se va con ellas, se une a sus amigas silvestres, y al poco rato regresa a su hogar.”

Cuando Chacho realiza acciones de mantenimiento a su camión, Paquito lo “ayuda” con su compañía, sus gritos o corresponde con frases a cada gesto o palabra que su dueño intercambia. Se le ve de aquí para allá, entre las herramientas, encima del vehículo… o lo llama desde el cafetal cercano o desde la copa de la mata de mango del patio.

Si el ave tiene hambre todos se enteran. Llama insistentemente a Chela, la esposa de Chacho, hasta que llega su alimento. “Él come lo mismo que nosotros en la familia. Yo no ando con dietas especiales para él. Ahí tiene su platico. Yo le sirvo y mientras come me va diciendo cositas.”

A veces, sus silbidos son reciprocados por los vecinos que pasan; “incluso hay quienes han caído en la trampa de Paquito. (RIE). Él le chifla a la gente y muchos creen que soy yo o mi hijo. Y responden.” (RISA).

El orgullo se le desborda al guajiro: “Cuando yo me acuesto a dormir la siesta él se sube encima de mí y no hay quien me toque. Ese es mi guardián.”

El ambiente hogareño se completa con dos “hermanos” de Paquito, Eldis y Yoana, los hijos de Chacho. “Aunque hay que verlo alterado, se eriza, abre las alas, grita… cuando Eldis, se le acerca. Nadie ve el día en que esos dos hagan las paces: le ha roto la camisa del uniforme de la escuela, le muerde las orejas al muchacho, le da alazos… no se pueden ver. Yo no sé qué sucede.” Cuando miro al adolescente, sonríe pícaro: “Yo nunca le he hecho nada. No sé por qué se pone así conmigo”.

Chacho interviene: “Aquí han venido a ofrecerme dinero por Paquito. Y no poco dinero.” Pero rápido y en voz alta acota: “¿Pero cómo tú crees que yo voy a vender a un integrante de mi familia, compay? Son doce años los que Paquito tiene aquí con nosotros.”

Casi al final del diálogo Paquito alza el vuelo y se pierde cafetal adentro, más allá de 500 metros… no regresa y ante mi recelo, Chacho sonríe: “Ese va a casa de mi primo a dar una vuelta. Va a echar una conversaíta con otra cotorra que vive allá… No, no sé si será su novia. (RIE). Ahorita mismo está aquí con nosotros, como siempre.”


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